(*) Trabajo presentado en el
Ateneo de la Asociación Médica del Hospital José T. Borda del día
25
de Agosto de 1971.
Nuestra presencia aquí
tiene como único objetivo transmitir una experiencia de comunidad
terapéutica, en un servicio común del Hospital Borda.
Creemos que una de las
finalidades principales de estas reuniones de ateneo es alejarse de
lo académico, para enfocar o enfatizar primordialmente lo práctico. Es por ello que
traemos una práctica, bien o mal llevada, pero nuestra al fin.
Considerando que existen
distintos enfoques teóricos, funcionales y prácticos sobre comunidades
terapéuticas, sabemos que alguien podría objetar que a esto que
realizamos le llamemos de esta manera y sinceramente, no lo
discutiríamos. Tal vez estemos lejos de la comunidad terapéutica, tal
vez en camino de llegar o tal vez, yendo hacía otro lado. Pero en este momento, aclararlo
no es nuestra intención sino como dijimos antes, solo comunicar nuestra
experiencia en un servicio que, pensamos, tiene algunas particularidades positivas y negativas, que le dan cierta individualidad,
cierta "personalidad”, sin pretender con ello ser originales.
Para hacer la descripción
vamos a dividir la historia del servicio en dos períodos: el primero
desde su
creación en 1958 hasta el año 1969; el segundo desde esa fecha en
adelante. El hito está dado,
entonces, por la implantación de la practica de la asamblea comunitaria.
Respecto al primer
período, que conformaría a nuestro criterio, los antecedentes de la
comunidad,
haremos una simple referencia de datos, que podrán parecer superficiales
o domésticos, pero que
consideramos tienen su importancia pues los creemos base y fundamento de
lo actual.
El Servicio Nº 17 se
formó en un pabellón muy antiguo, en mal estado de conservación, con
una
dotación de 80 internados: de éstos, 16 eran “ayudantes” y el resto
enfermos con muchos años
de internación, de aquellos que vivían en las ya desaparecidas
"barracas". El personal estable lo
integraban un médico y un enfermero.
Se comenzó a trabajar
entonces con muy precarios elementos, tanto físicos como humanos.
Los proyectos apuntaron en primer lugar, a mejorar las condiciones,
ambientales. Se movilizó
a los internados para que realizaran tareas de limpieza, pintura y
arreglos de albañilería.
Luego se continuó con mejoras no tan básicamente necesarias, sino
dirigidas a lograr un progresivo embellecimiento y mejor confort.
Así se fueron cambiando y pintando las camas, se colocaron
cortinas, se agregaron plantas, mesas, etc., para llegar al año
1968 con cocinas a gas, heladeras
eléctricas en cada sala, ventiladores, calefactores, radios y
televisores, peceras, pájaros, juegos
de ping-pong y meteqol, lavarropas, bandejas individuales, herramientas de
todo tipo y música
ambiental.
En razón de contar con una
población de tales características y a los efectos de dinamizar el
servicio, se habilitaron 10 camas en una habitación destinada hasta
entonces como ropería y acondicionada a tal fin, sobrecargando así la
capacidad del mismo. Esta era la única manera de incorporar algunos
enfermos agudos que permitieran un mayor giro de camas.
En el año 1962 se
incorporaron un médico honorario y un estudiante de psicología.
Ya por aquellos tiempos se
vivía un clima especial: lo conformaba, aparte de las mejoras
ambientales
una serie de actitudes e interrelaciones, entre las que destacamos:
En primer lugar: respeto
por el internado: siempre fue considerado éste como persona y se
tuvo
especial atención, dentro de lo posible, a su individualidad. Para ello,
se le asesoraba sobre
costumbres de la sala y se le explicaban las medidas terapéuticas a
seguir, permitiéndosele
conservar sus pertenencias.
Los profesionales, que
asistían diariamente, convivían toda la mañana con los internados,
tratándolos
como seres humanos adultos, aceptando o buscando el diálogo espontáneo y
evitando tuteos o
bromas por parte del personal. Al mismo tiempo, se mantenía contacto
frecuente y directo con los familiares
para intercambio de información.
En segundo lugar: intervención
de internados en las tareas. Una de las características que fue
adquiriendo el servicio consistió en la intervención cada vez mayor de
los internados en tareas
del servicio y fuera de él; es decir que prácticamente todos trabajaban,
viéndose mucho movimiento
y casi no existiendo situaciones de pasividad (enfermos en cama o
aislados, en autismo)
Espontaneamente fueron
apareciendo los líderes de sala y de sector en los que había que
apoyarse,
un poco por necesidad dada la falta de personal de enfermería y además,
por el hecho de que cuando
lo había, específicamente en los turnos de tarde y noche, éste no era
siempre el mismo y cubría varios
servicios como es costumbre en el establecimiento. Entonces la
estabilidad, la continuidad del orden y el mantenimiento de la tónica del
servicio, estaba en manos de estos líderes ayudantes espontáneos.
Por ejemplo, en caso de peligro de suicidio o agresión por parte de un
enfermo, los ayudantes recibían indicaciones del médico, con las debidas
explicaciones del caso y eran ellos; los que arbitraban lo
necesario para cuidar y asistir, en los turnos mencionados, al paciente.
Lo mismo para controlar
temperatura, alimentación y suministro de líquidos, cambios de ropas de
cama, etc., en todos aquellos casos en que era indispensable atención especial e individual.
Por las mañanas los
ayudantes comunicaban a los médicos y enfermeros las novedades, que
siempre fueron escuchadas con interés y jamás subestimadas. Se dialogaba e
intercambiaban ideas, valorizando la acción de cada uno y propendiendo en
forma indirecta, al desarrollo de responsabilidades por parte de los internados.
En este clima de trabajo,
era corriente que el internado nuevo, ya en los primeros días de su
estadía
en la sala y apenas esbozada su mejoría, solicitara tareas para realizar
en correspondencia con los
cuidados que había recibido en su período agudo. Insensiblemente, se
pasó con la costumbre de
compulsar a la gente a trabajar, a una colaboración espontánea en tareas
comunes, como si ello
fuera lo natural y lógico.
Recordamos como
anecdótico, pero significativo del espíritu que reinaba, que el primer
televisor
se armó con accesorios solicitados en donación, pieza por pieza, a
distintas casas de comercio.
Cada una aportó algún elemento y así se hizo realidad la imagen.
Los familiares comenzaron a
colaborar activamente, influenciados por este clima y se formó una
cooperadora que reunía los fondos para solventar los gastos día a día
acrecentados, en la medida en que aumentaban las actividades.
En tercer lugar: actividades
especiales. Una terraza inaccesible fue habitáculo hace más de 10
años
de un par de conejos. Esto fue el principio de una actividad que creció
lentamente: de un cajón que
sirvió de refugio a dos conejos en una terraza inútil, pasando por la
construcción de primitivas
conejeras de madera, se llegó a hacer accesibles dos grandes terrazas
cercadas para evitar peligro
y a contar con 90 modernas conejeras de hormigón armado, construidas
totalmente por los internados. Esta actividad reditúa actualmente, carne para abastecer comidas
periódicas de los mismos.
De igual manera, lenta y
progresivamente, se desarrolló la cría de aves: primero en forma
natural,
luego con incubadoras y criadores cada vez más amplios, llegándose a
construir varios gallineros
que albergan hoy entre 500 y 800 animales, también utilizados para el
consumo alimenticio.
Estas dos actividades, con
todas sus derivaciones, fueron desarrolladas por los internados a
través
de los años con cariño, dedicación y orgullo. Junto con ellos nos vimos
obligados a adquirir conocimientos técnicos para aplicarlos en las
mismas, que sin duda alguna, sirvieron a muchos enfermos para desarrollar el sentido de responsabilidad, administración y orden, aparte
del beneficio que aporta el contacto directo con la naturaleza y los animales,
Tal vez de menor
envergadura, pero no de menor importancia, son las actividades
relacionadas con
la cría de pájaros y peces y siembra y cuidado de plantas.
Además de otros
beneficios, todos estos elementos, dan colorido, calor y movimiento,
haciendo que
la sala sea vivida, no como el hospital, sino como la propia casa.
En cuarto lugar: las
fiestas. Desde los primeros tiempos, se festejaron las fechas patrias,
religiosas
y de fin de año. Estas movilizan a toda la comunidad que desde varios
días antes adorna las salas
con distintos motivos, según la naturaleza del festejo. Se prepara una
comida especial, con el concurso de los internados y del personal que siempre cuenta con un plato de conejo
o pollo, producto del esfuerzo común. Una costumbre arraigada, en estas
ocasiones, es que los internados se despreocupen durante el almuerzo y
sean atendidos y servidos por los profesionales y enfermeros.
Hablamos de un clima
especial y queremos aclarar que esto nos lo objetiva y recuerdan
constantemente con sus comentarios, las personas que visitan el servicio.
El relato de todos estos
hechos puede parecer pueril, pues actualmente se llevan a cabo en mayor o
menor medida, en todos los servicios del hospital, pero para mejor
ubicación de los oyentes debemos recordar que estamos hablando de hechos
ocurridos hace alrededor de 10 años.
Con esta base se inició en
el año 1967, una experiencia de dinámica grupal, motivada en el interés
por la rehabilitación integral del internado.
La simple vecindad o mera
yuxtaposición de individuos en el servicio, a veces desconocidos entre
ellos, permitía el tomar conciencia de integrar cierta unidad. Esto
ocurría por la existencia de vínculos, lazos y relaciones dinámicas de
interacción, no siempre percibidos concientemente.
En esto último se basó la
integración de grupos, que funcionaban semanalmente en sesiones con
carácter abierto, es decir, con incorporación constante de nuevos
miembros, egresos y abandonos por deserción.
El número de participantes
variaba de 10 a 20 personas. Estaban integrados en unos casos, por
pacientes y equipo técnico, y en otros por pacientes y terapeuta
coordinador.
Los criterios de selección
y los vínculos resultantes, estaban dados únicamente por el
diagnóstico
psiquiátrico: alcohólicos, esquizofrénicos, autistas, etc... No se
tenía en cuenta la edad cronológica
y mental, las características de personalidad, ni la de internado o
ambulatorio.
El grupo de alcohólicos,
siempre más numeroso y con mayor participación de miembros del
equipo,
fue el que mejor trasladó a la dinámica del servicio los elementos
nacidos de la experiencia y del
aprendizaje intragrupal, que a su vez fueron modelando una tradición
peculiar conformada por los
factores que recalcamos: coordinación rotativa, y su pasaje de directiva
a no directiva, la desaparición
paulatina de los roles que confería el status de la organización
vertical del servicio, el desarrollo de responsabilidades, las decisiones
por consenso, la libertad de asistencia, los pactos intragrupales,
los planos de discusión en cuanto a la expresión espontánea de ideas y
su clarificación y
la manifestación sincera de sentimientos en un ambiente de confianza y
cordialidad.
El segundo período
comienza en abril de 1969, al realizarse la primer asamblea con los
integrantes
del servicio, que consideramos, fue un elemento de organización formal de
nuestra comunidad.
A continuación haremos una
síntesis de la evolución de las reuniones, por creer que en ellas
se
refleja la vida de la comunidad, respetando el orden cronológico con que
se sucedieron los diversos acontecimientos, durante los dos últimos
años.
Las primeras asambleas se
desarrollaron en un clima de tensión, mucha lentitud, falta de
manifestaciones de interés y pobre participación de los internados, resultando
francamente tediosas. Al principio concurrían porque la citación tenía características de obligatoriedad,
luego por simple inercia.
Se incitaba constantemente a participar en forma activa, pero la respuesta
era muy pobre.
Los temas que recibieron mayor acogida y tratamiento, estaban relacionados
con las necesidades
primarias: comidas, algunos horarios, limpieza de salas, etc. Así surgió
una dé las primeras pautas de ordenamiento: la creación de comisiones
para llevar a cabo distinta tareas, asumiendo públicamente la
responsabilidad de las mismas. Estas comisiones se constituyeron con
personas que ya realizaban esos trabajos y con otras que eran digitadas
por los miembros del equipo, pues no surgía la espontaneidad de
ofrecimiento, tal vez por la novedad de esta manera de organizarse.
Considerábamos oportuno, proponerlos nosotros, para así, distribuir liderazgos con más colorido
democrático que los existentes.
Los nuevos líderes paulatinamente y en la mayoría de los casos, fueron
absorbiendo a los primitivos.
De esta forma, nace un
elemento de la infraestructura de nuestra comunidad: las comisiones
formadas por un encargado o responsable según los casos y ayudantes permanentes.
Desde que captamos que
existía el temor de que ocupar un cargo o desempeñarse en forma
eficiente
podría ser motivo de postergación de permisos de salida o del alta, por
su utilidad al servicio, se remarcó la necesidad de reemplazantes para
estos cargos, evitando así las acefalías y la discontinuidad de las
tareas.

Dr. Cassoli y Enfermera Aurora sirviendo a los internados y familiares
La primer actividad de la
comunidad en vías de extensión, no relacionada con las necesidades
mencionadas, fue la de invitar a internadas del Hospital Moyano, para
participar en un almuerzo
y baile. A pesar de las tratativas y promesas, las pacientes no
concurrieron el día del festejo.
Esto originó una gran frustración al grupo y motivó a tratar
extensamente el hecho, logrando
tomar conciencia de la necesidad de la experiencia, aunque esta sea
aparentemente negativa.
Conclusión, en adelante sería mejor no depender de elementos ajenos al
servicio.
Inmediatamente nació la
idea de organizar fiestas, contando con la presencia de familiares y
amigos.
Para prepararlas, se crearon las comisiones que tuvieron origen en
emergentes del momento.
Entre ellas recordamos: la de adorno de las salas, recepción de
invitados, la de enseñanza de
baile, en razón de que había pocos internados que sabían hacerlo,
ofreciéndose otros
espontaneamente para enseñarles en horarios pre-establecidos.
Surgen
luego las comisiones de Biblioteca, de Entretenimientos o juegos de salón
y también la
de Fútbol, que organizaba esta importante actividad, con cuya práctica
se lograron varios trofeos
para el servicio. Ya funcionaba la de Limpieza de Salas, Limpieza de
Vidrios, de Armado de
Cigarrillos, de Duchas calientes, de Peceras y Pájaros, de Ropería y de
Comedor. En la medida
que aparecían necesidades, se iban formando comisiones nuevas. Así por
ejemplo, por la aparición
de una filtración de agua en un cielorraso, se creó la de Mantenimiento.
La de Televisión se
encargaba de poner en funcionamiento y apagar él aparato y de seleccionar
los programas,
previamente aprobados por mayoría en la asamblea, terminando así con las
disputas diarias
que traía consigo la elección del programa y horarios.
Ya en julio de 1969, dada
la diversidad de actividades más o menos organizadas, surge la necesidad
de información constante, poníéndose en práctica el uso de carteleras,
en las que se publicaban
todas las novedades, horarios de actividades, integración de comisiones,
invitaciones y todo
aquello que era de interés general.
En ese mismo mes, los
internados en asamblea ponen su interés por primera vez, en un tema
no relacionado con lo administrativo, como lo fue el viaje del hombre a la
Luna.
Pasados cuatro meses,
aproximadamente, se observaba lo que nos impresionó como un
retroceso
en la marcha de la comunidad: en las asambleas no había temas, faltaban
iniciativas y habían disminuido considerablemente las intervenciones de
los internados. Después de dos o tres reuniones con estas
características, disgustados, reaccionamos, un tanto agresivamente,
manifestando que al no demostrarse interés y no asumirse mas
responsabilidades, el equipo retiraba su colaboración
y amagando a su vez, con volver a los modelos anteriores: es decir,
dirigir verticalmente y tomar
decisiones en forma unilateral. A esta actitud sucedieron días de
silencio y tensión. Nuestra situación
era muy comprometida y no encontrábamos soluciones deseables. Pasadas dos
semanas, los internados se reunieron en una asamblea organizada
espontánea y exclusivamente por ellos y resolvieron nombrar una comisión
para entrevistamos. Ofrecieron cambio de actitudes y nos invitaron a
continuar acompañándolos.

Internados con el Dr. Martinez Prieto en el Servicio
Ya estábamos viviendo un
cambio, pues este movimiento era evidencia de espíritu grupal y
de cierta madurez.
Poco tiempo después, un
internado lee espontaneamente una denuncia sobre los malos tratos de los
“celadores”. Mediando un debate confuso y agitado, pues no se
clarificaba contra quién iba dirigida la acusación, por la reticencia
del denunciante, se decidió hacer una "votación secreta", con
todas
las garantías para que se vertiera la opinión real. Se improvisó un
cuarto oscuro y en el mayor
orden se votó, relajándose la tensión al comprobarse que solo se
trataba de una cuestión personal
con un internado ayudante de sala.
Esta experiencia abrió el
camino para que se continuara tratando con naturalidad y poco temor,
los problemas relacionados con el trato, incluso del personal, hacia los
internados. La votación
nominal, se adoptó como medio para decidir por consenso general. Y por
este método, luego del
aporte de propuestas, se eligieron: horarios de limpieza, programas y
horarios de televisión,
candidatos a cargos y todo aquello en lo que había discrepancias o varias
postulaciones.
Ya a mediados de 1970 los profesionales
eran poco o nada directivos en las asambleas, reflejo
de la actitud adoptada frente a la comunidad. Insensíblemente fueron
apareciendo larvados
coordinadores. Desde setiembre en adelante, todas las reuniones de los
sábados, fueron dirigidas
por un internado, creándose además el cargo de Secretario de Actas.
También se confeccionaba una Orden del Día para la siguiente semana.