EL CISNE CANTA ANTES DE MORIR
Por Leonardo
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La Peluca Rubia En un país antiguo y rico existía una princesa. Era la hija de los reyes de Namidia. En el reino las riquezas abundaban y tenían inmensas posesiones. Todo transcurría en paz y frente a la buena fortuna en Namidia. Los súbditos de la corona labraban la tierra, los artesanos fabricaban su alfarería. y los comerciantes negociaban sus productos. En esa situación, todo hacía suponer que el pueblo y el reino era completamente feliz; a no ser, por algo que ocurría, que a continuación les relataré. Sucedía que la princesa era muy fea, tan fea, que ante su propia fealdad se había vuelto triste, muy triste. Cuentan sus allegados, que al despertarse por la mañana, se miraba en el espejo, y al ver su imagen, lloraba amargamente. Entonces, la princesa pensó: "Namidia es rica y poderosa, su pueblo es feliz, y yo por ser feísima, vivo entristecida". La princesa, llamada Edith, creyó conveniente consultar a una bruja, que vivía en las afueras del estado. Un día, se prepararon en el palacio real varios carruajes, la guardia de honor, y con la princesa, partieron rumbo al rancherío donde estaba la bruja. Cuando llegaron al caserío, la princesa vio a la bruja Mostafat sentada en medio de cruces y calaveras. Edith le dijo que le pagaría una buena cantidad de oro si entendía lo que a ella le ocurría. - Mis padres son reyes y yo soy la princesa Edith, que vivo triste porque soy feísima. Entonces Mostafat tomó unas calaveras, y en medio de las cruces paganas, hizo una oración a Satanás. Entonces exclamó: - Te daré esta peluca rubia. Al ponértela, te transformarás en la mujer más bella del reino de Namidia. Pero nunca deberás sacártela, porque el día en que lo hagas, morirás. Dicho esto, la bruja alzó en su mano una calavera, y entregó la peluca a la princesa. Edith pagó con la cantidad prometida en oro. Los carruajes y la guardia de honor, partieron con la princesa, rumbo al palacio real de Namidia. Al despertarse a la mañana siguiente, la princesa se miró al espejo, y como siempre, se vio feísima. Se puso la peluca rubia y se transformó en una mujer hermosa: tal era el reflejo de su imagen. Al verse tan bella, Edith se sintió feliz. Ordenó realizar fiestas en el palacio real a las que concurrió con la guardia, a bailes celebrados con marqueses y condes, y a banquetes que ella misma organizaba. La princesa practicaba el deporte de la cacería, montada en un brioso caballo. Todo era felicidad para la bella Edith: paseaba con sus carruajes y hasta conoció a un príncipe con quien iba a contraer enlace. Una noche, cuando todo estaba en silencio, fue a observarse en el espejo. Contempló su belleza y se acordó de lo que le había dicho la bruja Mostafat: "El día que te saques la peluca, morirás". Invadida por la curiosidad, pensó que esas palabras eran falsas y que al contrario, si se sacaba la peluca, no moriría, sino que sería aún más bella. Edith se miró fijamente al espejo de su habitación, y se sacó la peluca. De súbito, su rostro empezó a transformarse en una cara monstruosa, hasta que al verse convertida en un monstruo, murió de un síncope.
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