A la memoria de un gran hombre
Luis O. Lozano

  Los que reconocen mi estilo, saben que el lenguaje no es técnico sino que  escribo lo que siento. Compartí 24 años en el Servicio con el Dr. Lozano y no puedo olvidar ningún detalle desde el primer día hasta cuando lo vi por última vez.

  La forma en que trataba a los pacientes fue siempre como lo ven en la foto. Para todos era un padre. Cuando entraba en la sala era impresionante ver los rostros de admiración y amor. Algunos textos hablan de la Esquizofrenia de modo muy especial: no pueden demostrar afecto, no se comunican con el otro y sólo tienen sonrisas a las que llaman inmotivadas. Pero con él era distinto. Más allá de la admiración podía sentirse el amor que profesaban hacia esa figura tan imponente. Por qué? Por su cariño, dedicación y respeto. Los psicóticos son como niños: no se los puede engañar.

  Hace muy poco empecé a entender algo de la política hospitalaria pero ante su muerte pude comprenderlo todo. Esto que sigue parecerá cruel, aunque habría que pensar en qué lugares está verdaderamente la crueldad: vi a los que lo odiaban, a los ausentes, a los que esperaban con ansiedad ese día, y a los traidores.

  Ante semejante infamia me hice más fuerte, como si tuviera que seguir con lo que él llamaba “la mística del servicio”. Muy pocos veían su honradez, su moral, su romanticismo, su amor por el trabajo y tanto más.

  Pude sentir lo afectivo y noble en muchos de todo el Hospital. En otros vi un algo diferente, pero sentimiento al fin. Lo que nunca entendí ni me interesa, es perder mi tiempo en el maltrato de cierta gente, que no merece ser llamado profesional. 

  Su respeto hacia los psicólogos no fue una simulación ni apareció a partir de la Ley. En  1977, aceptó mi propuesta de coordinar un grupo de esquizofrénicos junto a un médico. Ante cada inquietud de trabajo respondió siempre afirmativamente y supervisaba cada tarea.

  Aparecen imágenes de los que no pudieron conocerlo y en el caudal que hubieran adquirido a nivel humano. Siento que es muy poco lo que digo en cuanto a su figura, pero necesitaba expresar al menos esto. En cuanto a sus defectos no es mi tema, ya se expresaron otros en forma solapada, pero no he visto publicaciones.

  Mi dolor es enorme ahora, pero el suyo de años lo callaba. Supe que confió enteramente en un número mínimo con respecto a lo que padecía. En mi caso, una sola vez y ante mi insistencia, aceptó responder una oración de siete palabras: “Bueno, sí, me siento un poco regular”. Hasta que dejó de concurrir, se acercaba para animar a los que estaban con el ánimo decaído: nos cuidó a todos hasta el final.

  No sé quién ocupará su lugar, pero su imagen continuará en cada objeto y alrededor de todos. Si de algún lugar me ve y espero que así sea, quisiera decirle que nunca desaparecerá de nuestras vidas y estaremos con él para siempre.

  Lidia Lafon 
Psicóloga