LA LOCURA
Cuento realizado en equipo por: Leonardo, Eduardo Alberto, Héctor, Osvaldo y Jaime.

-  Yo soy el más sabio de los hombres – dijo el paciente a su psiquiatra.
Había entrado custodiado por la policía, con chaleco de fuerza en el Hospital. En su imaginación inconsciente al hablar con el psiquiatra, daba realidad a sus ideas.
La historia se inicia así: es la historia de Sebastián, hombre de aventuras,
capaz de ingresar a la Legión Extranjera o de embarcarse como polizón en un
buque de carga.

Al paciente lo revisaron y estaba muy mal, dijo Sánchez, un compañero de sala. El médico no acertó en la terapia
por falta de datos puntuales del paciente. El paciente empeoró. La amante del paciente no fue tenida en cuenta y no la consultaron.

Sebastián vio entrar de improviso, una tarde, en la sala de internación, a su amante, la señorita Silvia.
-
         Hola, cómo estás? – dijo ella.
-         Bien, ahora que te veo.
Comenzaron los besos, los abrazos y las caricias. Hacía nueve meses que Sebastián estaba internado. Su amante lo visitó de noche en el Hospital hasta que se enteró el Cabo.
-         Tome las pastillas – dijo el cabo – No lo vea que no toma las pastillas porque sinó le doy inyectable.
Así comienza la historia de Sebastián entre los amores de Silvia y la represión del cabo.
José vio a Sebastián cuando entró al Hospital:
-         Yo lo vi tranquilo. Espero que Dios lo ayude como a nosotros nos ayuda. El Hospital es para enfermos mentales que se curan y salen pronto, y otros no. A mí me parece un poco ameno. Creo que la amante de Sebastián duda de que su pareja sea estable. Una vez los vi en el parque. Estaban besándose en un banco, pensé que los dos se amaban y de repente vi pasar al cabo, y el cabo los vio. Sentí miedo porque él dijo que le puede dar pastillas.

Otro paciente llamado Ricardo también los vio y pensó que el cabo lo iba a inyectar, porque pastillas ya tomaba, en represalia por estar con su novia. Pensó que le podían cortar el permiso también obligándolo a él a dejar su pareja.

Sánchez dijo: A mí me dan pastillas que me hacen temblar las piernas y me aumenta la ansiedad. En el hospital se van a curar enfermos nerviosos. A veces se curan, otras no, por variadas razones. El ideal es que el internado no se cronifique como paciente toda una vida. Para ello hacen falta cambios: más tiempo el paciente en su casa, acierto en las pastillas que curan, mejor comprensión del problema global: paciente, familia, médico. El enfermo no se debe cronificar.

 

Una semana después, Sebastián estaba tomando mate en la sala de internación con los demás pacientes. Sentía que hablaban de él, de su amante y de lo que había pasado con el cabo. Primero escuchó comentarios y risas en la mesa de la punta de la sala y comenzó a sentirse intranquilo.

Luego ya sentía que en cuatro o cinco mesas el tema de él y su novia se había convertido en voz populi. Se puso nervioso pensando en el cabo. Entonces cuando otro paciente quiso sacar una silla de atrás de él, se levantó, discutió con el otro y se tomaron a golpes.

En ese momento ingresaba el cabo, que enterado de lo que pasó, llevó a Sebastián al botiquín donde lo inyectó y éste durmió hasta el día siguiente.

Sebastián al otro día se despertó y vio al cabo. Se sorprendió porque le iba a encajar otra inyección y le pegó una patada. Y el cabo pidió ayuda a otra enfermera y entre los dos lo agarraron y le pusieron la inyección.

-         Pobre Sebastián – dijo José - la liga siempre.

José estaba esperando que lo inyectaran porque estaba mareado.

Al otro día Sebastián esperaba a su novia. Pasó largo rato de la mañana y la mujer  no aparecía. Llegó la tarde y tampoco vino. Entonces, Sebastián, desesperado, tomó una escalera de pintor, se subió a los techos del hospicio y escapó para ir a ver a Silvia. Llegó a la noche a la casa y pasó la noche con ella. A la mañana llamaron a la puerta y eran del hospital. Venían a buscarlo porque sabían que Sebastián estaba allí.

 

En ambulancia lo trajeron nuevamente. Pasó a su servicio y fue reprendido por el médico y por el cabo. Lo medicaron y Sebastián se durmió.

Una noche Sebastián estaba en la sala tomando mate y fumando. El paciente escuchaba voces. De pronto escuchó una voz que él decía venía de los cielos: “Tú eres el más sabio de los hombres. Cumple tu palabra”.


Al otro día, Sebastián habla con su psiquiatra y le dice que Dios le había hablado diciéndole que era un sabio. Entonces el psiquiatra le responde:

-         Y por qué no? Por qué no puede ser usted un sabio?

Entonces Sebastián sintió un alivio automático y empezó a andar bien.

El otro problema de Sebastián era el amor. Estaba saliendo con Silvia. Hacía mucho tiempo que salían y su relación era normal. La locura de Sebastián era su principal problema: sentía voces y se creía que era un gran personaje de la historia como intelectual.

De pronto en su historia, larga ya, aparece el rol de una psicóloga que le hace terapia y quiere comprender sus problemas y ayudarle. Se entrevistan una vez y varias veces y ocurre que Sebastián se enamora de la psicóloga, pero no se lo confiesa.

 Un compañero de sala, Juan, le dijo:

-         Andá a ver a tu novia que está enamorada de vos. Se le ve en la cara.

José le dijo a Sebastián:

-         Seguí adelante. Vas a llegar muy lejos con el amor.

Entonces Sebastián se queda pensando una tarde y va a la casa de Silvia a decirle que habían terminado. Entró, miró a Silvia fijo, la tomó de la mano y le dijo:

-         Perdóname pero hemos terminado.

Silvia estalló en llanto y Sebastián le besó las manos y volvió al hospicio. Entonces le dijo a la psicóloga que estaba enamorado de ella y si podían salir como novios. La psicóloga le dijo que lo tenía que pensar y por fin aceptó salir con él.

La psicóloga, que se llamaba Karina, sabía llevar a Sebastián en cuanto a su conducta. Entonces comenzó a andar bien, poco a poco, cada vez mejor, hasta que le dieron el alta.

Me contó un amigo que Sebastián se casó con Karina, son muy felices y tienen una hija.
 

Consideraciones:

Esta es la primera experiencia de escribir un cuento en grupo. Se realizó en tres reuniones. Los más antiguos integrantes del taller sabían lo que era un cuento. Los más nuevos, sólo reconocieron la consigna imaginando todo como en una película.

Algunos tienen 12 años de internación y otros tan sólo 6 meses. Sus edades oscilan entre los 40 y 63 años. En esta patología es muy difícil el poder compartir. Algo así como le pasa a los niños cuando cada uno está en su mundo. Pareciera que todos se comunican pero no hay contacto entre ellos.


T
uvimos experiencia en poesía pero nunca en cuentos. Desde ya que el más experimentado pudo guiar a los otros, pero lo que más gratifica es el tono de risa de los pacientes y como se divertían al armar la historia. Les parecían graciosas las palabras espontáneas: en vez de “dar una inyección” se reían cuando alguien decía: “encajar una inyección”.

Algo se nota en ellos: quieren ser correctos. Lo que les explico es que a la gente le gusta que sean espontáneos.

 
Lidia Lafon

Coordinadora del Taller Literario