La alegría de vivir, después de haber padecido una enfermedad mental,
como la esquizofrenia, desde la adolescencia durante cincuenta años, no se puede
describir.
En la religión, en la fe que Dios me dio, encontré el camino que me
dio esa alegría. Acá en el Borda, los sacerdotes me hicieron seguir el camino que Dios
quería que siguiera. Primero, el padre Salvador nos dijo que acá en esta vida se puede
ser feliz.
Ya desde ahora siguiendo a Dios. Antes, el padre Pignolo, con cariño
me dio la tranquilidad que necesitaba después de mi vida pasada, diciéndome que cuando
Dios perdona, perdona para siempre, y que Dios no se arrepiente después de haber
perdonado.
Y ahora el padre Gustavo me alienta en el camino que emprendí y me da
la seguridad que necesito en ese camino.
Y así, acá en el Borda, creo que estoy en las manos de Dios, y yo me
abandono a su voluntad y sé que El me va a dar lo que más me convenga en la vida: salir
de alta e ir a vivir con mi familia, con mis seres queridos para siempre, si es que así
me conviene.
Y así llegó la alegría a mi vida por la bondad infinita de Dios.